El Pug: De la corte imperial a figura destacada en la historia canina
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El Pug: De la corte imperial a figura destacada en la historia canina

9 de marzo, 20266 min lectura
Desde China, pasando por las guerras europeas, hasta hoy, en el sofá de tu casa, el Pug (o Carlino) ha vivido más de un drama que el mejor guion cinematográfico. Pero detrás de esa cara arrugada y su lenguaje corporal caricaturesco se esconde una historia fascinante, una genética muy particular… y un precio alto por ser tan “adorables”.

De la corte imperial al mundo

¿Sabías que el Pug es uno de los perros más antiguos de los que hoy llamamos “razas”?
Todo comenzó en China, hace más de 2000 años, durante la Dinastía Han (206 a.C.–220 d.C.). Allí ya existían pequeños perros de tipo mastín, con cráneo ancho y hocico acortado, criados dentro de los palacios como símbolos de riqueza y estatus. Eran los “perros de lujo” antes de que existiera la palabra fashion en latín.

Ya en las dinastías Song y Ming, estos perros se agrupaban dentro de lo que hoy conocemos como el clado “Toy Spitz”, un grupo de razas asiáticas pequeñas que compartían ciertos rasgos genéticos y de pelaje. Entre ellas, el Pug se destacó por su tamaño reducido, su lealtad extrema y su carácter tranquilo: un perro de compañía “perfecto” para la corte imperial.

Pero el Pug no solo era un símbolo de clase alta. En los monasterios budistas del Tíbet, se le consideraba un “Perro de Buda” o perro león, asociado a la protección espiritual y la buena suerte. Para los monjes budistas, este pequeño perro con cara de sabio era casi un amuleto viviente.

Desde la China imperial, el Pug fue pasando de mano en mano por comerciantes y viajeros, hasta que, en el siglo XVI, las compañías comerciales europeas (como la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales) comenzaron a llevarlo a Europa, donde el mundo occidental lo descubrió con fascinación.

Héroes, espías y realeza

El Pug no solo es un perro de salón: es un perro de historia.

En 1572, durante la Guerra de los Ochenta Años, el legendario Pompey salvó al Príncipe Guillermo de Orange (hoy conocido como Guillermo el Taciturno) de un asesinato. Se dice que el Pug detectó el peligro y alertó tan fuerte con sus ladridos que el Príncipe evitó el ataque. Desde entonces, el Pug se convirtió en símbolo familiar de la Casa de Orange, y su amor por la raza se transmitió de generación en generación.

Siglos después, en la historia de Francia, el Pug Fortune, propiedad de la emperatriz Josefina (primera esposa de Napoleón Bonaparte), se convirtió en un personaje casi literario. Según la tradición, el pug ayudaba a su dueña a enviar mensajes secretos en prisión mordiendo los legajos y llevándolos en la boca. La historia cuenta que, en un momento, incluso mordió al propio Napoleón, un incidente que le dio fama fuera de círculo militar y literario.

Con la llegada de Guillermo III de Orange y María de Gueldres a Inglaterra en 1688, el Pug cruzó el Canal de la Mancha y se instaló en la corte británica. Para la Reina Victoria, el Pug fue una obsesión: se sabe que llegó a tener hasta 36 ejemplares y que promovió cambios en su apariencia, incluyendo el tipo de cola y la coloración del pelo.

Desde entonces, el Pug dejó de ser un símbolo de una sola casa real para convertirse en un perro de moda internacional, deseado por aristócratas, artistas y, con el tiempo, el público general.

El cambio de “look” extremo

¿Te imaginas un Pug con piernas más largas y un hocico… casi normal?

Sí, eso existió.

En el siglo XIX, los Pugs eran más elegantes y atléticos: tenían piernas más largas, un cuerpo más esbelto y un hocico menos achatado que el de hoy. Los registros zoológicos y la documentación histórica muestran que el Pug de esa época se acercaba más a un perro de tipo terrier o bichón, pero compacto.

La transformación ocurrió con la creación de la cinegética moderna y la popularización de los Kenneles Clubs en el siglo XIX. En ese momento, la moda favoreció cabezas más cortas, frentes más pronunciadas y un rostro ultra‑arrugado. Los criadores intensificaron la selección artificial, fijando rasgos que hoy nos parecen habituales, pero que antes eran solo tendencias.

Desde el punto de vista genético, la “culpa” de esa cara tan chata no está en un solo gen, sino en varios. Uno de los principales responsables es el gen SMOC2, donde una mutación en la región del Cromosoma 1 (CFA1) contribuye a la acortamiento extremo del hocico en razas braquicefálicas como el Pug, el Bulldog y el Boxer.

Otro jugador clave es el gen BMP3 (Bone Morphogenetic Protein 3), que influye en la forma del cráneo y en la destacada convexidad de la cara. Variaciones de este gen están asociadas a la conformación braquicefálica y a la reducción de la longitud de la cabeza.

Estos genes, junto con la fortificación de otras variantes como RUNX2 (que afecta la formación del cráneo), han sido seleccionados durante décadas para darle al Pug ese rostro plano y carismático que hoy todos reconocemos.

Pero hay una frase que no debe olvidarse: “la genética no se divierte sin consecuencias”.

El precio de ser adorables

El Pug es uno de los ejemplos más claros de cómo la selección por la estética puede pagar un precio alto en la salud.

Respirar no siempre es fácil

El Pug, como las demás razas braquicefálicas, es extremadamente predispuesto al Síndrome Obstructivo Respiratorio de las Vías Altas (BOAS), un conjunto de problemas que dificultan la respiración.

Estos perros nacen con:

• Fosas nasales extremadamente estrechas (stenosis nasal).
• Paladar blando muy largo que puede colapsar la tráquea.
• Laringe y traquea más estrechas de lo normal.
• Obesidad frecuente, que agrava aún más la dificultad respiratoria.

En estudios recientes, se ha observado que el Pug es más de 50 veces más propenso a sufrir BOAS que otras razas. Algunos ejemplares respiran de forma ruidosa incluso en reposo, y en situaciones de estrés, calor o ejercicio se vuelven vulnerables a crisis respiratorias graves, capaces incluso de poner en riesgo su vida sin atención veterinaria inmediata.

Ojos de cristal líquido… pero frágiles

Los ojos de Pug son, sin duda, su carta de presentación visual. Grandes, redondos y brillantes, casi parecen de dibujos animados. Pero esa conformación es, justamente, parte del problema.

• La exoftalmia (ojos muy prominentes) los hace susceptibles a traumatismos como el proptosis (salida del ojo de la órbita) con tirones bruscos del collar o peleas.
• El cierre incompleto de los párpados favorece la sequedad ocular crónica, las úlceras de córnea y la pigmentación excesiva (pigmentary keratitis), que puede oscurecer la córnea y reducir la visión.

Problemas de “espalda” y de columna

La corta y torcida columna de algunos Pugs no es solo un rasgo estético; puede ser un problema de salud.

El Pug presenta una alta frecuencia de malformaciones vertebrales, especialmente hemivértebras (huesos vertebrales incompletos o deformados), que pueden comprimir la médula espinal y causar dolor, dificultad para caminar o incluso parálisis en las extremidades traseras.

En estudios de radiología, se ha encontrado que hasta el 96% de los Pugs muestran al menos una vértebra anómala, y muchos ejemplares tienen más de tres, generalmente en la región torácica.

Una enfermedad terriblemente rara… pero muy real

El Pug también es muy propenso a una enfermedad neurológica devastadora: la Encefalitis Necrotizante del Pug (Pug Dog Encephalitis – NME), una inflamación progresiva del cerebro que provoca convulsiones, cambios de comportamiento y, en la mayoría de los casos, muerte en cuestión de semanas o meses.

Aunque la frecuencia es baja a nivel de población, la genética juega un papel clave: existe un alelo de riesgo en la región del Cromosoma 12, asociado al sistema inmune canino, que se hereda de forma autosómica recesiva.

Consejo de experto: ¿Qué hacer si quiero un Pug?

Si estás pensando en adoptar o comprar un Pug, el mensaje no es decir “no”, pero sí hacerlo con responsabilidad y conocimiento.

El Pug no es un accesorio de moda. Es un perro que nació para la corte, que vivió en palacios y que hoy, por nuestra elección, carga con un cuerpo que no siempre le permite vivir cómodo ni sano.

¿Qué esperar de un Pug sano y bien cuidado?

• Control de peso: la obesidad agrega el doble de problemas respiratorios en un Pug.
• Gestión de calor: nunca realizar ejercicio intenso en días calurosos ni dejarlo expuesto al sol sin sombra.
• Atención oftálmica: revisión regular para detectar sequedad, úlceras o pigmentación de la córnea.
• Control de columnas: radiografía si se nota cojera, dolor de espalda o cambios en la marcha.
• Genética: idealmente, elegir padres con estudios genéticos (BOAS, NME, vértebras) y evitar la consanguinidad extrema.

La tenencia responsable pasa por una decisión consciente

Elegir un Pug implica aceptar sus limitaciones:

• que no podrá correr como un Border Collie;
• que necesitará más controles veterinarios;
• que dependerá de ti para no sufrir episodios de calor, estrés o obesidad.

Pero también implica disfrutar de su carisma único: un perro de compañia que aprende a leer tu rostro, tu tono de voz y tu estado de ánimo, y que responde con una mezcla de ternura y humor casi cómico.

El futuro del Pug: más salud, misma carisma

Hoy hay un movimiento global en medicina veterinaria para reducir el grado de braquicefalia extrema y mejorar la salud de razas como el Pug. Planes de salud y conservación, estudios genéticos y nuevas líneas de selección buscan recuperar cuerpos más funcionales sin perder el carácter de la raza.

El Pug no tiene que dejar de ser Pug.

Pero sí puede dejar de ser un perro enfermo por diseño.

Te invito a que, si ya tienes un Pug, lo conozcas con más detalle: no solo como “tu lindo acompañante”, sino como un ser vivo que, gracias a la historia, la genética y tu cuidado, puede vivir una vida más larga, más cómoda y ¡mucho más feliz!

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